Relatos

La belleza sobre Orión

Una gota, dos gotas, tres gotas, cuatro gotas… Creo que a la séptima pierdo el hilo de la cuenta, y el goteo se convierte en un conteo que se extiende en una gran indefinición. De donde proviene el conteo, lo desconozco, quizás de alguna escarlatita que se encuentra sobre mí, o que se encuentra a la izquierda, o a la derecha, o tal vez en ningún lado y el goteo solo sea parte de mi mente, creado en un desespero para aplacar el silencio que va de la mano de la espesa falta de luz.

La soledad no es una problemática para mí, el aislamiento en busca de un éxtasis espiritual corre por los genes de mi especie, pero también bulle en mi sangre la necesidad de abarcar el mundo; solo apreciando cada recinto de la existencia se llega a la esencia que con tanta vehemencia nosotros buscamos.

Pero dudo en ser lo que creo que soy; me cuestiono en la veracidad de mis memorias, del mundo que mi mente se supone que recuerda. A veces, mientras floto en la ignorancia del paso del tiempo, supongo que soy la nada, o quizás si soy algo, ese algo que ha permanecido toda su vida en la espesa oscuridad. Los grilletes me consumen, no lo sé.

Pero ella emerge en medio de los conflictos que estallan en mi conciencia, extendiendo sus frágiles dedos para romperlos por la mitad y volverlos fragmentos de una idea deshecha. Y recuerdo, oh, sí recuerdo, que viví en una cueva. Bueno, porque vivir en un lugar significa permanecer ahí, llevando a cabo toda la existencia, y yo no soy de los que se encuentran anclados en un solo lugar. Hospedar,  es una palabra más apta.

Dicha cueva se ocultaba tras una cascada  tan cristalina que permitía  que los haces del sol le penetrasen cuando este se encontraba decorando la bóveda celestial. Cerca de esa cascada fue donde la conocí. Auriga, no podría olvidar su nombre aunque no tenga acceso a las constelaciones.

Sobrevolaba  las frondosas copas de los árboles, cuando al bajar la mirada pude percatarme como unos hombres de aspecto amenazante habían acorralado a la frágil humana. No suelo meterme en los líos de estos seres, me parecen demasiado complejos. Antes de aquel suceso, había presenciado crueldades más grandes que cometían contra su propia especia, y nunca sentí la necesidad de intervenir. Pero esa vez sí, algo me murmuró, quizás el viento, quizás los espíritus de los ancestros de aquella criatura, de pronto mi mente, pero en aquel momento detuve mi vuelo y descendí para auxiliar a la infante.

Aterrice frente a ellos, y con tan solo verme los criminales huyeron despavoridos. Me encontraba a sus espaldas, así que ella tuvo que girar el rostro para poder verme. Esperaba una mueca de horror y un grito agudo lleno de miedo, pero en vez de eso, la joven abrió sus labios morenos junto con sus brillante ojos castaños, formando una expresión de infinito embelesamiento.

En el intervalo que se encuentra en el momento en el que nos encontramos y en el que la lleve a mi cueva, hay un abismo en el que ninguna imagen se digna a formar, pero estoy seguro que ella no se asustó, podría verme más imponente que aquellos bandidos, pero ella no se asustó.

Sé que se emocionó por algo luego de quedar encismada cuando me vio. Quizá fue por mis escamas escarlatas, que iban a juego con la túnica que ella llevaba, de pronto por mis dientes que sobresalen de entra mis fauces, o por el iris de mis ojos. No lo recuerdo, pero sé que quedo encantada por algo de mi apariencia. Ya en la cueva ella me contó su historia sin que yo se la preguntase.

Era la hermana menor del joven monarca que se había posesionado hacia poco en el reino  de Santander. Su padre había sido asesinado por un sirviente que resultó ser un espía de la tribu con la que se encontraban en guerra.

No recuerdo el nombre de dicho grupo de salvajes, pero sé que han querido derrocar aquella dinastía desde hace tiempo. Claro que tengo presente los conflictos de los humanos, toda mi especie lo hace, pero nunca intervenimos, a menos que se acerquen para consultar algún consejo.

Al parecer Laith-el recién coronado rey- estaba tan ajetreado de tareas que no podía atender las necesidades de su pequeña hermana, así que la envió a donde su otro hermano menor, el príncipe  Alicante, quien había contraído votos nupciales con la condesa Eureka, la cual pasaba al príncipe por unas diez primaveras.

Su majestad Laith se encontraba en plenos acuerdos de paz con dicha tribu, pues al contrario de su antecesor, Laith buscaba una manera pacífica de encontrar una solución a dicha disputa. Pero el grupo poseía ciertos intereses que el rey no podía cumplir sin afectar la integridad de su gente, y no lograban llegar a un punto en común en medio de sus opiniones.

Sin embargo, el príncipe y su esposa habían encontrado un motor para llegar a una solución.

Una boda.

El jefe de la tribu había quedado encantado con la joven princesa. Claro, Auriga poseía—o posee, no sé si siga viva—una tez tostada, en la cual se salpicaban pecas blancas tan diminutas  como los granos de arena, volviéndola una singular joya. Y a pesar de no poseer curvas definidas, su delgadez infantil era encantadora.

¿Qué mejor solución a una guerra casi interminable sino el amor? Claro, si en esa “relación” existiese al menos una pisca de aprecio. A mis oídos habían acudido  las atrocidades del prometido de Auriga, y llegaron a estremecerme; a mí, una criatura que ha pasado por más de cien solsticios. Al parecer todas sus mujeres habían   muerto en situaciones que no son aptas para describirlas a gente sensible. Y mis sospechas sobre la mezquindad de aquel sujeto se confirmaron con el hecho de que la princesa viese más atractivo un destino desconocido en aquel  frondoso bosque a una vida al lado de él.

Ella se quedó conmigo en la cueva. Quizás al principio me negué a  ofrecerle protección, o de pronto acepte de inmediato conmovido por su historia. No lo recuerdo, agh, la oscuridad hace que las memorias de uno se difuminen tanto como  la vista a través de un cristal empañado. Pero lo más probable es que me hubiese retraído  con ella, no soy alguien muy susceptible. La cosa es que accedí a ofrecerle hospedaje y a cuidarle, sino no me encontrase en esta espesa masa existencial.

No sé cuánto tiempo estuvo conmigo, pero no importa la prolongación de su estadía; los colores del cielo que pintaba el sol al esconderse y los diminutos cuerpos astrales que tintineaban en el cielo nunca se vieron tan hermosos antes de que ella llegara a mi vida, aunque mi orgullo me dificulte admitirlo.

Decir que era hermosa es poco  y calificarla como maravillosa no abarca lo que es-o era- toda ella. Las palabras, y ni siquiera las más embellecidas metáforas, podían  encerrar a la princesa Auriga.

Pero la realidad de suaves nubes que nos creamos dio su fin aquella vez que desperté  y no la encontré arrullado al lado de mi pata, como tenia acostumbrado a la hora de descansar. No estoy seguro si fue cuando el sol estaba asomándose apenas, o cuando se disponía a engullirse tras el horizonte. Sólo sé que ella no estaba a mi lado y una explosión de desespero se desató  en mi pecho como nunca en mis incontables estaciones.

Volé hasta el castillo del príncipe Alicante y la encontré el a torre más alta, encerrada en un cuarto  con gruesos barrotes de hierro en la única ventana.

De alguna manera logre liberarla de su prisión para luego montarla en mi lomo y volar lejos de aquel reino. Desconozco la distancia que mis alas nos permitieron alcanzar. Apenas tengo presente el momento en que ella subió en mí gritando, pero no de miedo, más bien de euforia. No sé si fue un simple “¡ah!” o una oración corta, pero estoy seguro de que gritó. Mi intención no era arribar a la cueva, claro que no. Deseaba incorporarla a la vida nómada. Supongo que ya había planificado los lugares a los que ya llevaría, lugares tan lejanos de aquel reino donde su recuerdo  se estiraría tanto hasta romperse.

Pero  ese deseo nunca pudo llevarse a cabo. No recuerdo con exactitud los sucesos acontecidos después de la fuga, lo más probable es que me hayan derribado. El cómo lo desconozco, el caso es que me encuentro en este lugar sin la seguridad de que en realidad sea un lugar, y lo único que conservo de mí ser es la imagen de la princesa de pecas blancas.

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