Opinión

“Ruego por el homosexualismo”

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Por Lucía Sarmiento

Mi madre me pidió que rezáramos el rosario. No quería hacerlo, pues esos rituales católicos le dejan de generar temor a uno ya en la juventud, pero al final accedí, pues al rehusarme emprendería una inútil discusión.

Respondía a los “Ave Marías” por inercia, sin conectar los “Dios te salve” que salían de mi boca. Sin embargo, mis neuronas dieron un respingo cuando escuché a mi madre citar lo siguiente:

— Ruego por los drogadictos, por el homosexualismo…

Me guardé todas las refutaciones en mi garganta, porque empezar a una disputa en medio de una oración no aparentaba ser una situación muy atractiva que digamos. Así que dejé de rezar y mis pensamientos volaron lejos del cuarto, en una silenciosa revolución.

América Latina es una de las regiones con la tasa de discriminación más alta hacia la comunidad LGBTI, a pesar de que en la mayoría de sus países se haya aprobado el matrimonio igualitario y que existan un sin fin de leyes que los protejan. Pero, como es normal en el continente bañado por el mar Caribe, las normas casi siempre son ignoradas y se dejan olvidadas en la tinta y en el papel, y esto está demostrado en las cifras de homicidios contra integrantes de esta comunidad, los cuales, como para variar, han quedado impunes.

No debemos extrañarnos de esta impotente situación cuando el mayor temor de los padres latinoamericanos es que sus hijos “se vuelvan drogadictos u homosexuales”. Ojo, dije “vuelvan”, porque es obvio que para muchos el hecho de ser homosexual “requiere de una conversión casi satánica”, ya que su único objetivo es que los discriminen, con tal de obtener algo de atención.

Y parece que no importa que la OMS haya retirado hace décadas a la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales, y muchísimo menos el hecho de que el mayor representante de la Iglesia Católica haya blandido la bandera de la comunidad LGBTI desde el balcón del Vaticano, pues la gente se ha consagrado en encerrarse en un miedo que en realidad no es miedo, si no más bien un odio irracional que la sociedad latina se ha encaprichado en sostener sin meta alguna.

Supongo que es más necesario empezar a rogar al ‘Todo poderoso’ para que ilumine la ignorancia de sus hijos latinos.